Para todos aquellos ancianos que sobreviven al abandono.
Para todos aquellos ancianos que sobrevivieron al abandono, pero que murieron solos.
THE LAST CALL
jueves, 9 de septiembre de 2010
martes, 7 de septiembre de 2010
¿La verdadera evolución del ser humano? Del Homo Panis al Homo Higiénicus
Dedicado a todos aquellos que piensan que el egocentrismo es un veneno que inunda de mierda a la especie humana, de la cabeza a los pies
¿LA VERDADERA EVOLUCIÓN DEL SER HUMANO?
DEL HOMO PANIS AL HOMO HIGIÉNICUS
En contra de la creencia generalizada, los seres humanos hace ya décadas que no nacen con un pan debajo del brazo, sino con un rollo de papel higiénico entre sus manos.
Este cambio inesperado, aunque más que predecible, vino marcado por la costumbre que los seres humanos adquirieron de cargarse en sus propias vidas. Y así el universo, que es sabio y compasivo, les concedió al menos un nimio paliativo, el del rollo de papel higiénico, para evitar que pulularan por el mundo pringados por la mierda que ellos mismos iban lanzando sobre sus propias cabezas, a cada instante.
Cuando el ser humano civilizado, postmoderno y urbanita encauzó su existencia dentro del mejor de los mundos posibles, ese en el que vivimos, tan civilizado, tan postmoderno y tan urbanita, el rollo de papel higiénico se convirtió en su más fiel aliado.
En el bolsillo interior de su chaqueta lo portan los hombres de negocios. Cargan con él las amas de casa en su carrito de la compra. También es complemento indispensable de aquellos que caminan perdidos por el mundo, en busca de rumbo, y de aquellos que aun teniendo rumbo, creen que no es el correcto.
Cuando algo sale mal, cuando no nos hallamos ni en el momento ni en el sitio adecuados, o al menos eso creemos, nos cagamos en nuestras propias vidas poseídos por una especie de diarrea espiritual, sin percartarnos de que nuestro rollo de papel es finito.
Una y otra vez nos sentamos en el trono para lanzar improperios al universo, a Dios y a nuestros padres, esos seres tan amados que un día tuvieron la paranoica ocurrencia de engendrarnos.
Nos nos gusta lo que la vida nos ofrece porque tenemos demasiado tiempo libre para pensar y dedicamos poco a pensar en los demás.
No nos gustamos a nosotros mismos, y para no sufrir, recurrimos a la cirugía estética, al Prozac, a las clases de meditación de un yogui indio de nombre impronunciable, hacemos punto de cruz y petit point, buscamos consuelo en páginas porno o nos encomendamos a los santos sacramentos del consumismo devoto.
Pero tras tantos esfuerzos, vanos, vacuos e inútiles, finalmente llegamos a la conclusión de que nuestras vidas son una película mala que nunca debió haber salido de la sala de montaje. Siempre nos percatamos de ello sentados en la butaca de cine frente a la pantalla que proyecta las vicisitudes de nuestra propia existencia, con un rollo de papel higiénico entre las manos, al que cada vez le restan menos metros de papel.
Nos vamos directos al trono, y la historia vuelve a comenzar, como si se tratara del mito del eterno retorno.
Cuando el petit point, el punto de cruz, el Prozac, la meditación y el consumismo exacerbado no alcanzan a cumplir la misión para la que creímos que fueron creados, nos sentimos perdidos, nos fallan las fuerzas y no somos capaces de lanzar nuestro rollo de papel higiénico lejos, muy lejos, para erigirnos al fin como quaterbacks de nuestro propio campo.
Cuando el rollo de papel higiénico que se nos concedió al nacer por gracia del universo llega a su término, y ya no es posible cagarse una sola vez más sobre uno mismo, llega la hora de abrir los ojos, de tener la valentía de ver la película de lo que ha sido tu vida hasta el final sin abandonar la sala, de volver a recuperar el pan que te fue arrebatado al nacer.
De comprender que la vida es un crisol del que formas parte, pero del que no eres el único elemento.
El egocentrismo es un veneno que pone un rollo de papel higiénico en nuestras manos y nos arrebata el pan, y nos lo arrebata todo, llevándose por delante nuestra potencial capacidad de ser felices.
Nos inunda de mierda, de la cabeza a los pies.
lunes, 6 de septiembre de 2010
El comeflores y el vendeflores
Este relato está dedicado a todos aquellos hombres que con su conversación no precisan comprar seres muertos a las mujeres para retenerlas a su lado.
A todos ellos, gracias por vuestra conversación.
Gracias por existir.
EL COMEFLORES Y EL VENDEFLORES
Comeflores:
(del latín comedo, -edi // del latín flos, floris)
dícese del término que da nombre al ser humano de género másculino que trata a las mujeres como entes y no como personas. De abultada masa muscular e inexistente materia gris, pulula por los pubs y discotecas del país en busca de una compañera de género femenino, una follower de una sola noche, que haga juego con sus zapatos cool y su engominado pelo.
La hinchada y enorme masa muscular de sus bíceps parecía cabreada bajo la piel bronceada que los cubría, pues el comeflores que se hallaba frente a mí no cesaba en su empeño de clamar su existencia y hacerla más que evidente frente a mis ojos.
Sus manos entrelazadas sobre la mesa del pub actuaban como bisagras, y al cerrarse entre sí, esos bíceps hambrientos de esteroides casi rasgaban el dobladillo de la manga corta de su Polo Ralph Lauren, dolorosamente ceñida a la piel.
Cuando un individuo trata de centrar la atención de una mujer exclusivamente en sus bíceps, resulta más que evidente que algo en su interior no anda bien, ni en su exterior tampoco, porque cada una de las palabras que pronuncia se convierten en la proclama del ser vacío y carente de entidad que es, y cuantas más palabras pronuncia, la mujer que tiene frente a sí más se sorprende de que dicho individuo sea capaz de hablar.
Ante este tipo de situaciones, a algunas mujeres nos resulta fácil comprender que hay hombres que acaban de bajarse del árbol, y siguen siendo monos, por muy engominados, perfumados e hipertrofiadas que tengan las fibras de su anatomía.
Hablamos sobre fútbol, la Liga, la Copa, el Mundial, la Champions.
Hablamos sobre llantas de coches, de cromo, spinners, custom y american racing. Todo ello aderezado por unos minutos de clase magistral sobre tapicerías de cuero.
Maravilloso, el tunning es su pasión. Si esta conversación fuera un vehículo, el primer impulso sería el de lanzarse en marcha fuera de la cabina, sin tiempo que perder en busca del freno de mano.
Hablamos sobre lo mucho que sufre día tras día en el gimnasio luchando contra la ley de la gravedad para izar los cuarenta, cincuenta o sesenta kilos de acero que se han convertido en un apéndice de sí mismo.
La tertulia adquiere el summum cuando se interesa por mi peso. Cincuenta y cuatro, respondo. Eso para mí no es nada, responde. Si quieres te levanto ahora mismo y te llevo a dar una vuelta, añade.
El más que evidente eufemismo de un comeflores sin alma de poeta.
Mi imaginación vuela, tras soportar ya cerca de una hora de monólogo, y a mi mente acuden los jugadores de la selección española encaramados a una furgoneta Wolkswagen Bully tapizada de cuero y conducida por el comeflores, diciéndome adiós con la mano, alejándose a 200 kilómetros por hora con destino a ninguna parte.
Salgo de mi ensimismamiento y decido que ya es hora de que yo también diga adiós, porque es muy probable que este comeflores tenga el valor de repetir tema de conversación. Mucho me temo que ya no le queda mucho más repertorio con el que amenizar mi velada.
Hago el amago de levantarme pero no se resigna a la despedida e increpa al resto del grupo que nos acompaña. Dice que se va ya, exclama con tono fingidamente enojado. Pero si la noche acaba de empezar, añade enojosamente fingido.
Objetivamente son las tres de la mañana, pero mi reloj interno me dice que subjetivamente son las seis. El tiempo pasa lento, muy lento cuando el destino dirige al azar tu trayectoria para ponerte frente a un comeflores, aunque sea por tan sólo unos minutos. El tiempo es oro, dicen, pero los comeflores lo convierten en platino, afirmo.
El bien preciado que es mi tiempo, ahora puro platino, impulsa mis pasos rápidamente hacia el coche, pero una mano grande, pesada y encallecida se posa sobre mi hombro y me obliga a dar la vuelta. Quién podría ser sino el comeflores, quien me mostraría ufano y con la cara henchida de gozo la rosa roja y envuelta en plástico que acababa de comprar al vendeflores pakistaní que tras su inabarcable espalda me sonríe mostrando toda su dentadura al completo.
Quédate, me dice. Estoy cansada, respondo pensando que todo esto parece un complot digno de los años más oscuros de la Guerra Fría. Quédate un poco más no te cuesta nada, insiste. Cómprame un cactus, respondo. ¿Un cactus?, inquiere levantando las cejas sin comprender. Sí, un cactus con pinchos y raíces, al menos es un ser que está vivo no como esta rosa embalsamada que parece salida del mismo tanatorio, respondo.
Nunca me gustaron los seres muertos, por eso me voy, envuelta por el silencio del comeflores y el vendeflores que aun no alcanzan a comprender porqué su complot de manual no ha funcionado conmigo.
Nunca me gustaron los seres muertos, y por eso me llevo mi tiempo conmigo, al reino de los vivos, esos a los que les brotan flores vivas de la boca con tan sólo pronunciar una palabra.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Mi perro y yo
De por qué ignoramos a los sin techo mientras la mirada se nos va tras sus mascotas.
Mostrarse algo más humanos es fácil, es gratis y ya nos viene de serie.
MI PERRO Y YO
Mi perro es feo, pequeño, juguetón y todo lo amigable que podría ser un can en sus circunstancias.
Mi perro es muy feo, pero yo le quiero, y lo que es más importante, él me quiere a mí.
Mi perro es blanco y negro, y el color de su pelo supone una gran ventaja, porque la suciedad se incrusta en él y se mimetiza entre sus manchas oscuras, haciéndose pasar por ellas. A mí sin embargo, siempre tirado en la calle junto a él, la suciedad se me adhiere a la blanca piel y cubre mi cuerpo de tiznas parduzcas y negras, que desde hace años, se han convertido en el complemento más indispensable de mi atuendo. Las adquiero a cómodos plazos, en los grandes almacenes de la intemperie.
Esas tiznas que me cubren el rostro, las manos, los brazos, las pantorrillas e incluso la parte interna del pabellón auditivo, inspiran desprecio, olvido y abandono.
Las tiznas que cubren el pelaje de mi perro, inspiran compasión, ternura y simpatía en las miradas de las decenas, cientos de personas que pasan cada día frente a nosotros.
Mi perro y yo somos dos perros en busca del mismo hueso que olisquear. Manos henchidas de cariño le regalan caricias, palabras tiernas, miradas cargadas de piedad. A los más humanos incluso se les humedecen los ojos al verle olfatear el suelo con su nariz minúscula, chata, negra y mugrienta, tras la cual y a plena luz del día, yo me convierto en un ser invisible, adquiero mágicamente las cualidades del agua. Incoloro, inodoro e insípido, a pesar del hedor que desprende mi cuerpo en su harapienta negrura.
Mi perro y yo conversamos las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días al año, acurrucados en los márgenes de la entrada de uno de los supermercados situados en la primera línea de la playa de Gandia.
Es mi mejor interlocutor, mi fiel tertuliano, aunque todos piensen que hablo solo, que estoy chalado. Nos divertimos comentando la indumentaria de todo aquel que entra y sale del establecimiento. Si algo le gusta, mi perro ladra. No, mejor dicho, mi perro ríe y yo ladro, porque casi todos le dedican una sonrisa y alguna que otra palabra afectuosa.
Soy la mascota de mi perro, porque el mundo me condena a serlo, y muchas vidas tendré que vivir para alcanzar de nuevo el estatus humano.
Quién fuera perro.
Quién pudiera reencarnarse en vida.
martes, 31 de agosto de 2010
Punto de giro
De cuando los dictámenes y las presiones de la sociedad nos hacen perder el norte y olvidarnos de esas pequeñas cosas, que son las que realmente importan.
PUNTO DE GIRO
El barro y el agua salpicaban sus zapatos de charol negro como si se tratara de las pústulas de una viruela incipiente.
La vida hoy parecía nublársele a cada paso. Caminaba más despacio que habitualmente, algo abatida, pero sin el menor reparo por mojarse el carísimo abrigo diseñado por aquel sastre francés cuyo nombre apenas sabía pronunciar, a pesar de que presumía de políglota.
Decidió quitarse las gafas de sol que llevaba sobre la cabeza, y guardarlas en la bolsa de plástico que ahora le quemaba en las manos.
No tenía explicación para lo que acababa de experimentar.
Hacía tan sólo diez minutos que se había cruzado con aquella indigente, sucia, esquelética e insignificante. Precisamente tenía que haber sido ella, la dama más influyente y apreciada por los ambientes más selectos y exclusivos del país quien, en ese preciso instante, coincidiera con ese ser de otro mundo, que perteneció un día al suyo y al que ella había desterrado.
Estuvo tan cerca de aquella pordiosera, con la que estuvo a punto de chocar en plena calle Serrano, que su caro perfume impactó contra el hedor que aquella desprendía, como si se tratara de espuma de agua de mar desapareciendo entre toneladas de vertidos de petróleo en el océano. Reprimió una arcada, tropezó tratando de alejarse de ella, temiendo un hipotético contagio de bajo estatus. Fue entonces cuando vio la bolsa blanca y verde que pendía de la mano de la joven indigente, gemela de la que colgaba de sus propias manos, y que contenía todas sus pertenencias, escasas, casi nulas, hediondas, mugrientas. Fue entonces cuando sus miradas se cruzaron y la arcada provocada por el asco cesó, y a ella le siguió otra más profunda, incontrolable. Todo cambió cuando se reflejó en sus ojos verdes, idénticos a los de ella, velados por años de ignominia y degradación.
No cabía duda. Era ella.
Su hija, desaparecida y olvidada desde hacía más de diez años.
Sin llamar la atención de las decenas de viandantes que pululaban a su alrededor, recompuso su atuendo como la señora elegante y discreta que era y reanudó su paseo invernal, intentando recuperar la serenidad.
No logró conseguirlo. Tampoco miró hacia atrás.
Las apariencias lo son todo. Son los pequeños detalles aquello que encumbra los grandes rasgos de una persona, de una familia. La estupidez del ser humano es lo que tiene.
Haber permitido continuar en el hogar a ese ser rebelde y libre, ahora sucio, esquelético e insignificante, habría sido como romper en mil fragmentos la belleza del reflejo y el honor de toda una estirpe, condenarla al desgaste provocado por las miradas y los comentarios de la alta burguesía madrileña, esa que adora el dinero, el estatus y la esclavitud.
Podría justificar durante horas su actitud, pero ella no era de esas.
Todos somos monstruos capaces de la más terrible monstruosidad, que no es sino una más de entre todas las posibles manifestaciones del discurrir humano.
Tras el inesperado encuentro, el impacto de cada uno de sus pasos parecía incrustarse en su ser. Los tacones se adherían al asfalto, las piernas querían cesar en su empeño por avanzar. Pero el repiqueteo de los tacones sobre la acera continuó en su incesante marcha y con la cabeza bien elevada se dirigió hacia la parada de taxis, empapada, tratando de aparentar con la mirada altivez y nobleza.
Ya dentro del taxi, el repiqueteo de los tacones se disipó, y un sentimiento profundo le alejó de sí misma, se incrustó en su vientre, se volatilizó, para no poder distinguir si su cuerpo era recorrido por sangre fría o caliente. Por un momento cerró los ojos y fue reptil por un instante, porque el ser humano, a pesar de no estar recubierto de escamas, viniendo como viene de los reptiles, es poseedor de ambos fluidos y a menudo lo demuestra, como acababa de hacer ella.
Sangre de su sangre ignorada, a sangre fría.
Enfrentarse a la verdad es siempre un lujo al que sólo los más fuertes pueden aspirar, el único al que ella no estaba acostumbrada. La verdad es la verdad, nos guste o no, y esa verdad brotó al exterior en forma de llanto. Con la primera lágrima, cayeron al suelo las perlas del collar mal abrochado por su asistenta peruana aquella misma mañana.
Dice el saber popular que ojos que no ven corazón que no siente, pero a veces la vida se muestra justa y hace ver a los que no quieren ver, sacando a relucir su propia crueldad, recreándola frente a ellos por el simple placer de hacerlo.
Amor de cunda
Esta historia procede de uno de los cundas que malviven en la Glorieta de Embajadores de Madrid.
Va dedicada a él, que tanto amó.
Gracias por contarme tu historia.
AMOR DE CUNDA
Llevo días viviendo a base de cafés con leche, cortados y solos, sobre todo solos, al cobijo de este bar de la Glorieta de Embajadores, una cueva incrustada en el asfalto ardiente, en pleno mes de agosto.
Es tal el calor que irradia el suelo circundante que al mirar más allá del primer semáforo, siempre en ámbar, puedo ver el espejismo de cómo la vida se me escapa a borbotones. Rebusco en el interior de los bolsillos pero tan sólo hallo una goma y un cordón de zapatos. No hay marcha atrás, ni torniquetes que puedan taponar este chorro de vida que voy perdiendo a cada instante.
Mi tiempo en este mundo se escapa por entre los resquicios de la acera, y fluye como un río que se lleva todo consigo, excepto los recuerdos, esos que tanto daño me causan al despertar cada mañana , cada noche, en el sucio asiento trasero de mi coche, sobre la barra del bar, o bajo un cúmulo de cartones húmedos de excrementos y olvido en cualquier punto de esta ciudad, que ya hace mucho tiempo que dejó de ser hogar para convertirse en purgatorio.
Soy un cunda, un cunda enamorado. Heroinómano desde hace más de diez años, toco fondo a cada instante, porque la amo a ella por encima de todas las cosas, incluso más que a la heroína.
La historia de mi vida se resume en unas pocas palabras.
Me llamo Juan, aunque a veces ya no recuerdo ni mi nombre, porque todos me llaman Nono, un mote ganado a pulso día tras día a base de decir “no” a todo el que me ofrece su compañía, siempre unida a un chute tras cualquier esquina, tras cualquier resquicio inmundo de esta gran ciudad que nos ha engullido a todos. Chutarse en soledad se ha convertido en una costumbre, en un modo infrahumano de compadecerme de mí mismo. La aguja introduce en mí todo lo que necesito, y pienso en ella, sólo en ella, hasta que el mundo se convierte en una partícula minúscula de luz mientras el cuerpo y la mente me abandonan por unas horas. Solo en mi ya de por sí imperativa soledad.
Cuando la compañía que amo ya no estuvo al alcance de mis brazos, la soledad fue la estación a la que decidí dirigirme para partir encaramado a mi tren de recorrido circular, de una única estación, comienzo y fin de un mismo destino.
Soy un cunda, un cunda enamorado. Heroinómano desde hace más de diez años, toco fondo a cada instante, porque la amo a ella por encima de todas las cosas, y por ella recorro varias veces al día los kilómetros que me separan del poblado chabolista al que traslado a una, dos, tres o con suerte, cuatro almas en busca de su sustento diario, para fumarlo, aspirarlo, inyectárselo en vena. A seres nigrománticos que ya no son capaces de contar las monedas que tienen entre las manos, porque solo ven el potencial futuro que van a proporcionales. Un gramo, dos gramos, papel de plata, el calor del fuego, la arteria que revienta y al fin, ese ansiado silencio.
La historia de mi vida se resume en unas pocas palabras.
Tan sólo tenía 20 años cuando la tuve entre mis brazos, pero ella se marchó para siempre. Yo aun la sigo persiguiendo tras cada esquina de mi esquinada mente, siempre con los brazos estirados y a ciegas. El hijo de un taxista nunca fue suficiente para un padre que buscaba una vida de princesa, una vida de Edén, de chalets, de diamantes en bruto. Ahora yo soy Nono y ella simplemente Ana, escondida de mí en alguna parte.
Me rompió el corazón y yo decidí romperme las venas, para calmar el hambre de ella grabando su nombre en la puerta del servicio de ya no sé cuántos bares, antes de iniciar el viaje a ninguna parte que me proporcionaba cada dosis, un sustitutivo del placer para el placer que ella me causaba y para el que no había sustitutivo.
Soy un cunda, un cunda enamorado. Heroinómano desde hace más de diez años, toco fondo a cada instante, porque la amo a ella por encima de todas las cosas, Ana, que entra al bar y entre balbuceos me pide un viaje. Se ríe. Su risa se ha convertido en un silbido, en un estertor que parte de un lugar indeterminado de su cuerpo y que antes de salir de él ya se ha disipado. No me reconoce. Tampoco es capaz de contar las monedas que tiene en la mano, pero yo sigo viendo en ella a una princesa, después de tantos años, seguramente desterrada por su padre que ya no verá en ella ni un solo destello de grandeza en ese rostro carcomido.
Me siento incapaz de arrastrarla hacia el poblado, ese lugar remoto que diviso cada día desde el coche cargado de zombis y salpicaduras de sangre. Con ella quiero viajar y olvidar la ruta hacia ese remoto lugar que se me antoja el fin del mundo, con ella quiero partir hacia ese Edén que su padre soñó para ella.
Le tomo de la mano, sobre el suelo del bar se desparraman todas sus monedas, en los posos del café abandono todos mis recuerdos, me siento invisible, libre, dejo de existir por un momento y atisbo en mí un resquicio de Juan, hijo de taxista, y ahora taxista también él, cunda de una única ruta. De camino al coche recuerdos infantiles inundan mi mente. Voy a cumplir el sueño de mi padre “los taxistas que aman dirigen su ruta siempre con destino al sol”. Hacia el sol voy padre, y no voy solo, voy con ella.
Arranco el coche y partimos hacia el sol. Tres gramos en el bolsillo, dos gomas, un mechero y ella, a mi lado. Cualquier lugar de esta puta ciudad nos acogerá en su seno cuando ya no quede gasolina en el depósito.
Soy un cunda, un cunda enamorado. Heroinómano desde hace más de diez años, toco fondo a cada instante, porque la amo a ella por encima de todas las cosas y si hay un mañana para ambos, el sol nos hará libres.
CAPITULO 1. Empatía: red de redes para un nuevo modelo de comunicación humana
1. EL SER HUMANO. COMUNICAR ES VIVIR
El ser humano es un animal social, un ser gregario que ha logrado perpetuarse como especie gracias al desarrollo extremo de sus capacidades comunicativas, para las que está superdotado. La naturaleza le ha brindado una serie de órganos biológicos de comunicación desarrollados y complejos que le han permitido establecer relaciones comunicativas para la interrelación con sus iguales y con el mundo que le rodea.
Para el ser humano, vivir en sociedad es un hecho natural, una tendencia innata en él, e incluso se podría afirmar que la propia humanidad es una cualidad generada a través de las relaciones sociales que los individuos establecen entre ellos.
La vida en sociedad es el efecto inmediato de la interrelación entre congéneres, que necesitan los unos de los otros para poder sobrevivir. Ya Aristóteles en el siglo IV a.C. afirmó que el ser humano “es un ser naturalmente sociable, y el que vive fuera de la sociedad por organización y no por efecto del azar es ciertamente, o un ser degradado o un ser superior a la especie humana”. Y añadió “(...) aquel que puede no vivir en sociedad y que en medio de su independencia no tiene necesidades, no puede ser nunca miembro de la polis; o es un bruto o es un Dios”(1).
Con estas premisas, Aristóteles no se refiere a cualquier sociedad, sino de manera concreta a la polis, como paradigma de la sociedad humana, que más que un agregado de individuos, es un sistema de vida, de organización social y de transmisión de saberes y conocimientos. De este modo Aristóteles definió la dimensión cultural del ser humano, el germen de la civilización.
No será hasta comienzos del siglo XIX cuando se comprenderá en profundidad la concepción social de la realidad humana, gracias a los estudios del naturalista inglés Charles Robert Darwin.
A pesar de que sus máximas fueron reinterpretadas por pensadores posteriores como Herbert Spencer, dando lugar a la corriente de pensamiento del darwinismo social que se configuraría como uno de los pilares esenciales del liberalismo del laissez-faire, lo cierto es que Darwin en sus últimos años, llegó a contemplar la evolución humana desde una perspectiva muy diferente de la que había promulgado en su obra El origen de las especies, afirmando que la supervivencia del más apto no sólo se basaba en el establecimiento de relaciones competitivas entre individuos, sino también en la capacidad de lograr interrelaciones de cooperación y reciprocidad entre ellos. Darwin sostenía que “los animales sociables se prestan recíprocamente una infinidad de pequeños servicios: los caballos se mordisquean y las vacas se lamen unas a otras en los sitios donde sienten alguna comezón; los monos persiguen sobre los cuerpos de otros monos los parásitos externos” (2). Y también “los animales no sólo aman, sino que también desean ser amados” (3).
Nuestra especie necesariamente es, por naturaleza, extremadamente social y necesitada de compañía. Los seres humanos huyen del aislamiento para poder sobrevivir, ya que en ellos existe un instinto social innato que se desarrolló a medida que el sujeto adquirió el mismo impulso que llevó a sus congéneres a vivir dentro de una organización social, a través de su relación con ellos.
Mucho antes del desarrollo del lenjuage oral como herramienta tecnológica cultural, nuestros antepasados eran capaces de comunicarse mediante llamadas, señales y gestos para alertar sobre el hallazgo de víveres, agua y cobijo, así como de posibles peligros que podían acechar al grupo. Mediante la observación de los otros comprendían cuáles eran sus necesidades. De lo cual se podría deducir que desde sus albores, el ser humano ya era capaz de sentir una empatía primitiva por los otros y mostrar sensibilidad frente a sus necesidades, que por ende eran las de sí mismo.
La comunicación es una condición sine qua non la supervivencia resultaría una quimera para la especie humana, dada su fragilidad biológica frente a la de otras especies, que contaban con una fuerte contextura muscular, una recia piel que les protegía del frío e incluso unas garras fuertes con las que poder defenderse y obtener el sustento necesario. Sin embargo, nuestros antepasados lograron hacerse un espacio gracias a su carácter social y sus grandes dotes comunicativas.
Agrupándose y coordinándose, fueron capaces de conformar estructuras sociales cada vez más complejas a medida que su red de interrelaciones mutuas iba tejiendo una cultura, un corpus de conocimientos, formas, técnicas, costumbres, hábitos y sistemas de comunicación que eran transmitidos de generación en generación.
Cultura y sociedad son las claves que permiten comprender tanto la adaptación del ser humano a la naturaleza como su propia razón de ser, ya que los seres humanos han llegado a ser lo que son a través de la sociedad y la cultura.
Ello se resume en la conclusión del biólogo y antropólogo Jean Rostand “todo lo que el hombre ha añadido al hombre, es lo que llamamos en bloque civilización”.(4)
De este modo, nuestros ancestros crearon un entramado artificial secundario y a un nivel paralelo al ambiente natural en el que se desenvolvían el resto de especies, lo cual le otorgó un estatus superior. (5)
Esto sin duda, no habría sido posible sin su capacidad de desarrollar trabajos creativos e inteligentes para la creación de herramientas, y sobre todo, si en él no hubiera existido una disposición voluntaria para cooperar y actuar solidaria y altruistamente con sus semejantes.
BLOQUE 1. EL SER HUMANO. COMUNICAR ES VIVIR
- (1) Aristóteles: La Política. Espasa Calpe, Madrid 1962. Págs. 23 y 24 Madrid, 1999. Famosa definición aristotélica del hombre como “animal político por naturaleza <ZOON POLITIKÓN>”
- (2) Darwin, Charles: The expression of emotions in man and animals. John Murray, London 1872.
- (3) Íbid.
- (4) Rostand, Jean: El hombre. Alianza Editorial, Madrid 1995, Pág. 142.
- (5) Malinowski, Bronislaw: Una teoría científica de la cultura. Editorial Edhasa, Barcelona 1970. Pág. 43.
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